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sábado, 13 de abril de 2013

Mujica por Mujica (audio completo y texto)

El jueves 11 de abril, en su programa de radio, el presidente uruguayo Pepe Mujica explicó, sin decirlo con todas las letras, por qué habla como habla y de dónde sale su lenguaje privado. Click acá para el audio completo. Y a continuación, el texto desgrabado:  

“Un gusto, amigos, saludarlos. Hoy, corriendo el riesgo de no poder ser comprendido
por aquellos a los que no les tocó vivir algunas de las cuestiones de nuestra peripecia tan lejana. Hace muchos años, como 50, medio siglo, fui clandestino, cuando queríamos cambiar el mundo. Uno de los problemas de aquel tiempo era ir presos, torturados y que nos quitaran información. Yo estaba entre los que fueron desarrollando una disciplina de apartar de mi memoria deliberadamente los números telefónicos y cuanto dato identificatorio pudiera ser útil. La verdad es que con esfuerzo y disciplina lo logré en gran medida, a tal punto que hoy mi sistema mental quedó reprogramado, por ejemplo, para no poder retener números telefónicos. Al punto que ni me acuerdo de mi teléfono o el de mi compañera o lo tengo que tener apuntado. Apenas, con mucho esfuerzo, retengo el teléfono de mi secretaría.
   Quedé como bloqueado por aquella disciplina enorme de aquellos años. Quienes hubieran leído La vida del Buscón o Papillón, seguramente puedan entender algo de esto. ¿Por qué decimos esto? Porque nos quedaron de aquellos años muchas cosas. Ese caminar kilómetros en los tres metros de una pieza. El darle vueltas a las cosas. Al efecto de aquellos años y de aquella dura peripecia de andar en la cárcel de Punta Carreta, de rebotar por los cuarteles (conozco más de 80 calabozos) hay que sumar el origen. Vengo de los barrios pobres. Mis amigos de gurises andaban en zapatillas. Casi no tenían juguetes. Nuestras veredas eran de tierra. Estoy hablando de hace casi 60 o 70 años. Otro Uruguay. Pero que es determinante de muchas cosas.
   A resultas de todo esto no podemos evitar que en nuestro hablar corriente, íntimo, entre pocos, nuestro lenguaje, por momentos reo, es áspero. Diría, entre comillas, francamente “canero”.
   Por muchos años tuvimos que cultivar un hablar, un decir, para gambuza y para cuarteles. Había que comunicarse adoptando las formas, en esa lucha por sobrevivir. Ese lenguaje está a leguas del discurso público. Poco tiene que ver con el discurso público o la prensa. Tiene que ver con las relaciones íntimas. Inevitablemente arrastra en sus modismos nuestra propia historieta.
   Para que resulte más nítido, más claro. Hubo que hablar por años con presos comunes y soldados. Porque acechábamos la oportunidad de ser libres. Dos veces nos fugamos y hubo otros tantos intentos.
  Ese lenguaje, en la intimidad, quedó grabado para siempre. Hubo que ser mordaz, burlesco, para poder hacer del dolor una sonrisa cáustica que ayudaba a sobrevivir.
   Desde entonces reinan entre nosotros los sobrenombres, Mono, Camello, Lagarto, Tuerto, Rengo, etcétera. Y también la tendencia, en ese chamuyo de dos o tres, a la exageración como contracara del vacío existencial que nos tocaba vivir.
   Repito: lenguaje chamuyo, un decir entre pocos, casi susurrando, donde lo que importa es la finalidad. Finalidad un tanto conspirativa. No importa la verdad absoluta. Es un lenguaje canero de resistencia, que siempre está acechando la fuga porque sueña con la libertad. Es un lenguaje-herramienta y no causa, que juega para los íntimos. No tiene nada que ver con el lenguaje del discurso público o el de la libertad de prensa.
   Me atrevo a afirmar que si no existiera Gardel el lenguaje del Río de la Plata tendría notorias diferencias. Mucha cosa del bajo quedó incrustada en nuestro decir corriente. El hecho real es que una vez que ha sido violentada la intimidad por el juego del mercado no tengo otro camino, porque todo esto que estoy relatando lo pueden entender muy pocos, (y) debo pedir sentidas disculpas a quienes pude lastimar en estos días por mis dichos. Sobre todo (a los) que son, como nosotros, integrantes del sueño de Patria Grande y federal.
   Esta es la realidad. Nos han acusado de todo en estos años. De ser genuflexos. En fin... Nadie nos ha pedido disculpas. Yo sé, naturalmente, que al parecer éstas son las leyes del juego. Hemos tratado de hacer todo lo posible por sostener una relación que tenga en cuenta los intereses económicos de la gente que trabaja. Pero acá, en este país, hace años que existe una campaña casi permanente. Que la República Argentina se cae, que va camino a una república paupérrima... Se acusa este gobierno, al mío, de que se subordina. Lo han acusado de genuflexo. En realidad, mentira sobre mentira. La Argentina ha crecido enormemente y desde el año 52 nunca tuvo gobiernos que hicieran tanto por los postergados, por las deudas sociales.
   ¿Que tienen problemas? Quién no los tiene? Habría que ir en este momento a los puentes de Paysandú. ¿Que a veces sus medidas defensivas nos afectan? Claro que sí. Pero, ¿alguien puede negar que la masa argentina nos quiere y nos respeta? Quienes conozcan un poco de historia sabrán que cuando a la  Argentina le va bien nosotros nos beneficiamos y, al revés, cuando anda mal nosotros padecemos. Cuando la relación es mala terminan ganando los que están lejos. Pero si todo esto fuera poco, y lo hemos repetido hasta el cansancio, miles de compatriotas uruguayos viven allá y no son discriminados. Por el contrario. Están absolutamente integrados. Sin embargo, se insiste con esas campañas que cuando uno hace memoria por momentos parecen aquellas del antiargentinismo de la década del ’50. Y eso es veneno. No justificamos. Sabemos que puede haber el deseo de que el gobierno se perjudique. La relación económica, sobre todo. Y que con eso crezcan las chances de la oposición. Pero tenemos que recordar nuestra historia. Decía Martín Fierro que los hermanos sean unidos por encima de todas las cosas. Y en estos dís en que estábamos hablando del artiguismo, de su planteo histórico, recordemos las consecuencias de la falta de la unidad.
   Sé que está lloviendo y el agua a la larga se lleva todo. Lo he vivido muchas veces y parece que éste es nuestro derrotero. Hace casi cuatro años, en plena campaña electoral, cuando estaba en juego nada más y nada menos que la presidencia de la República, parte de la libertad de prensa nos desató una campaña que nos pintaba poco menos que como propietarios del arsenal de (Saúl) Feldman. Gran publicidad. Después, las cosas llevaron su curso y su desenlace patético. Nada teníamos que ver. Sin embargo nadie, nadie en aquel entonces nos pidió disculpas. Y nunca. Y entonces son cosas (ante las) que uno sencillamente tiene que decir, como decíamos antiguamente en los barrios, calavera no chilla." 
   

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